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Informe 2

Hospital Universitari de Bellvitge

 


En el cielo

Oscuridad. Silencio. Sólo ángeles. Los pequeños ruiditos aquí arriba murmuran actividad en otro lugar. Los ventiladores del aire condicionado siguen en funcionamiento y anuncian que en otro lugar —no aquí— la temperatura es aceptable. La sala de máquinas de los cinco ascensores permite elucubrar que en los 20 pisos por debajo alguien juega a cambiar de planta. Aquí las puertas se visten de “inutilizadas”. Afuera la noche del viernes cae sin contemplaciones: ríos de lucecitas blancas y rojas se encaminan según el color bien hacia la urbe bien hacia las montañas. El césped de un verde peligroso perfectamente iluminado denota actividad deportiva en un Bellvitge que tardará en dormirse. Una sirena se oye acercarse o alejarse cuando quedan pocos minutos para las siete de la tarde. Dentro de los lavabos no hay alma ni en los espejos ni a través de ellos. Hace viento y el bullicio resacoso de la semana aquí dentro se mantiene en el aire, pesado, como un conglomerado de recuerdos, deseos, fracturas y cicatrices. Del techo rebotan algunos hilillos metálicos que le dan al asunto del ático un aspecto tétrico, lo que acaba de solucionarse con los murmullos inconexos de difíciles cuestiones y plausibles tensiones provenientes de pisos inferiores. Todo suena como a ultratumba. Y bajando.

De repente, una sombra se abalanza al sonido de una ruedecilla desabrochada. Una mujer de coleta, chicle y globo cruza el umbral con su carrito de la limpieza. De su bata nacen unas llaves que tintinean. Se da la vuelta y desaparece tras un portazo de cansancio y cierre. De refilón se acercan las penumbras entre ventanas opuestas. Creo que ha pasado un helicóptero de tráfico. Una sombra deambula por el centro de la pista. Lleva zapatillas de abuela y un albornoz marrón de cuadros oscuros. Le cuelgan tres o cuatro cables o sondas o todo a la vez y agarra a más no poder un tubo con oxígeno o suero o todo a la vez. El ambiente literalmente se respira. “La doctora me ha dicho que sí”, agrega una voz femenina que sale atravesando una puerta eléctrica. “Que sí ¿qué?” La conversación se detiene por completo. El grifo de uno de los lavabos chirría. Llegan más invitados por el ascensor. “¿Señora Ramírez?” Las paredes hablan en formato de carteles: “Menudo pollo tenéis con Bellvitge”; “Aguanta, que si vas al baño te cierran la cama”; “No a la precariedad laboral”. Hace calor. Mucho calor. En las sillas de plástico hombres y mujeres de plástico están esperando turnos y enfermos de plástico. Un grupo de tres enfermeras jóvenes está reunido delante de los ascensores de la planta octogonal. Creo que pone Planta 16. “Mierda, ¡no me he traído el zumo!”, grita una, la más guapa, o la más fea, no sé. Mientras las demás corroboran que no tienen ni mensajes ni llamadas ni cobertura en el móvil. Y gritan. Una se prepara ya el cigarro. La otra, lo que queda del canapé. Cirugía torácica. 1,25€ el refresco de cola; 1,25€ la bolsa de patatas. “¿Señora Ramírez?” Trastornos respiratorios del sueño. Otorrinolaringología. Pneumología. Y bajando.

Las paredes de las escaleras hablan, sí, pero los buzones de reclamaciones y sugerencias están vacíos. Ya lo cuestionan los gestores: mientras lo privado busca rentabilidad económica, lo público se fía de la rentabilidad social… En una esquina alguien lo resume de la siguiente manera gráfica: “Cuando los que mandan pierden la vergüenza, los que obedecen pierden el respeto”. A todo esto, en otra esquina, estirada encima de las sillas de plástico, una mujer necesita aire. Está medio desmayada. Se ha puesto el bolso a modo de cojín y otras dos personas la avientan con un abanico del rocío. “¿Estás mejor, mamá?” ¿No hay ninguna pregunta más fácil?… Pues no. “Niño, no juegues con eso aquí”, le espetan a un churumbel que corre como un condenado detrás de un avión de papel. A menos altura más nivel. Ciento treinta ingresos por día y cincuenta intervenciones ambulatorias, y eso que el tijeretazo gubernamental es de 5.500 millones cada año desde el 2012 y de menos 25.000 facultativos. Ya lo dicen las noticias: “Los hospitales catalanes cada vez operan más y hospitalizan menos”. Ya lo dicen las noticias: “En el 2013 hicieron 14.000 intervenciones más, el 50% sin ingresar al enfermo”. Y bajando. Esto es el Hospital Universitari de Bellvitge, señores, y a medida que bajamos encontramos más vida. Más actividad, vamos. Angiología.

Y más calor. En medio del pasillo sur bailan apilados los carritos de la limpieza, sin dueños, y a su lado duerme o descansa una “cama rota” como protagonista de una película muda. Mientras tanto, el viento saluda desde las ventanas de cristales sucios y empulgados, y a otra cosa mariposa. “Pues sí, me caso”, grita la enfermera del zumo. Y bajando. Aquí hay muchas más zapatillas y babuchas, muchas más que no visitantes, con sus respectivos cables o sondas o mp3, vaya usted a saber. “¿Señora Ramírez?” Aquí escuchar los diálogos no necesariamente quiere decir entenderlos. Uno ya no sabe si hablan de médicos, de teléfonos, de cine, de fútbol o de ganchitos. Falta comunicación. “Y ¿con quién te casas?”, le preguntan las demás entrando en el ascensor. La puerta del aparato se cierra en ese preciso momento mientras una flecha naranja indica la dirección del infierno.

Aquí, en el cielo, no queremos malas noticias.

 

*

 

Ping, pang y pong

La melodía del teléfono móvil irrumpe en la sala de espera circular de la primera planta del Hospital de Bellvitge. “Sí… sí… sí… Pues todo el día. Llevamos aquí todo el día.” Y la mujer en edad provecta se levanta de su silla de plástico y se refugia de los ojos de todos en el pasillo que conduce a las escaleras que crecen hasta llegar a los veintitantos pisos. “Al parecer le ha llegado a las arterias, pero lo que más le preocupa al médico es que tiene un riñón muy fastidiado —dice, engurruñida—. Sí… sí… sí…, lo peor es lo del riñón, es lo que más preocupa a los médicos”, insiste. Y luego la mujer en edad provecta toda engurruñida en sí misma dice que no, que no sabe cuánto tiempo van a estar ahí, que no le pueden hacer más pruebas en Bellvitge, que tienen que trasladarla al Moisès Broggi y que están esperando una ambulancia. “No, no sabemos cuánto tendremos que esperar —prosigue—. Sólo nos dijeron que cuando haya una ambulancia disponible nos avisarán. Sí… sí… sí…, en cuanto sepamos algo te aviso.”

Son las seis y media de la tarde de un viernes cualquiera.

“No hay ni jabón ni toallitas ni papel higiénico en el cuarto de baño”, le dice con tono muy indignado una veinteañera a su madre. “No hay nada de nada… Además, todos los enchufes están ocupados. ¡Cómo es la gente! Todo el mundo está cargando el móvil”, certifica. Las dos mujeres visten chándales y algo o mucho sobrepeso, tanto que las sillas de plástico les quedan pequeñas y tienen que sentarse con las piernas abiertas para que las panzas se desparramen sobre la pelvis. A su vera, un hombre se entretiene con su teléfono móvil, con un juego que emite sucesivos pings y pongs y pangs. “¿Has comido algo?”, pregunta, luego de colgar, la mujer en edad provecta a un joven que se acerca, uno que también prefiere estirar las piernas y descansar un rato de todos los ojos de la sala de espera circular. “¿Quién era?”, pregunta el joven, sin contestar. “El tío Pedro.” “Ah.” “Entonces, ¿no comiste todavía?” “No.” “Come algo, hijo.” “No, no tengo hambre. Ya comeré más tarde.” “La verdad es que yo tampoco tengo hambre. Supongo que luego, cuando llegue a casa, me entrarán ganas de comer.” En el pasillo que conduce a las escaleras un cartel recomienda a los trabajadores suplentes que no acudan solos a ninguna reunión con un superior, y que si no tienen más remedio que hacerlo que graben la conversación. “¿Quieres protestar pero te amenaza un superior?”, puede leerse en el cartel: “Escríbenos. Nueva comisión antirrepresiva en defensa del suplente”. Y ping, pong, pang… “¿Familiares de Antonio López Silva?”, lanza un doctor al centro de la sala de espera circular. Las dos mujeres con algo o mucho sobrepeso se levantan con un “nosotros” al unísono. El hombre entretenido con su teléfono móvil abandona la partida. El doctor habla en voz baja, con rostro grave y profesional, susurrando, mientras los tres familiares de Antonio López Silva asienten una y otra vez.

Entretanto, el hombre que aún no tiene hambre se entretiene leyendo otros carteles de protesta: “Señores gerentes, repitan conmigo —reza otro papel de pared—: ¡menudos sueldazos!”. Y a renglón seguido una relación de nombre y cantidades que rondan los sesenta mil euros. “En tiempos de crisis es bueno saber adónde va nuestro dinero. Pd: Este cartel durará menos que un caramelo en la puerta de un colegio.” “¿Vas a dejar que te roben la salud? ¡Espabila!” “Con tres años de retraso y sin quirófanos ni ucis. El miércoles protesta ante el conseller.” “Hay que joderse, hay que joderse. Y encima dice que hemos tenido suerte, ¡y encima dice que hemos tenido suerte!”, repite, medio gritando en voz baja, una y otra vez, el hombre que estaba jugando con el móvil luego de escuchar las explicaciones del doctor con expresión grave. “Hay que joderse, hay que joderse, y encima dice que hemos tenido suerte. ¡Y encima dice que hemos tenido suerte!” “Ya te hemos oído”, dice la mujer con mucho o algo de sobrepeso más mayor, sin mirar al varón, examinando su aparato móvil. “¿Cómo?” “Que ya te hemos oído”, vuelve a decirle, de nuevo sin apenas prestarle atención. “¡Hay que joderse!”, espeta el hombre, finalmente, antes de marcharse y de perderse por el pasillo lleno de carteles reivindicativos de protesta, camino de uno de los ascensores. “Este se cree que es el único que está afectado”, le dice la mujer a su hija, llevándose el móvil a la oreja. “Sí, soy yo —añade casi besándose con el aparato—. Pues no sé… Dicen que tiene que pasar un poco el tiempo, y que le tienen que hacer unas pruebas, y que el lunes evaluarán. Sí, sí, sí… No, operarlo lo operan seguro, creo yo, pero depende de las malditas pruebas. No, no, no sé cuándo le harán las pruebas. El doctor dice que el lunes evaluarán.”

“Mira, ya viene”, dice el hombre que se entretenía leyendo carteles reivindicativos. La mujer en edad provecta se levanta de su silla de plástico y sale al encuentro de una anciana trasladada en camilla, una anciana con un riñón muy fastidiado y un no sé qué recién llegado a las arterias. “Hola, yaya. ¿Qué tal? Ya verás, ya verás que todo va a ir muy bien… Yo voy en la ambulancia, ¿vale?”. “Sí, yo llevo el coche”, contesta el hombre.

 

*

 

Paraíso perdido

A la salida de la línea de metro de la línea roja (L1), en Hospital de Bellvitge, la marquesina con el cartel de la película que se promociona esta semana: Escobar: paraíso perdido (Andrea Di Stefano, 2014). Eso es lo que ocurre en el Hospital Universitari de Bellvitge, en L’Hospitalet de Llobregat (www.bellvitgehospital.cat), que es el paraíso perdido, como el del poeta inglés John Milton (“alguna cosa terrible, sin duda”). El Govern de la Generalitat (CiU) derruye (destruye) la sanidad pública. La entrada al hospital, como una fotografía de Kim Kardashian desnuda, con un final de escote inconcluso. Jardineras. Parterres. Suelos abrillantados. La entrada al edificio, por la puerta giratoria de cuatro hojas, se ha quitado de encima los papeles, los reclamos y los opúsculos que llaman al combate contra los recortes. “Todos los miércoles a la una y media hay una concentración de sanitarios (enfermeras y personal de planta) y pacientes. Dan una vuelta y cortan la Gran Vía, y vuelven. Eso ocurre los miércoles. Los jueves el personal de limpieza retira las pancartas, por eso no las ves. Por eso aquí todo sigue igual. Todo sigue igual o peor…”, explica el dependiente del quiosco Galenas, del Grupo Fundosa, junto a la puerta giratoria de cuatro aspas. Le compras un Smint Peppermint sin azúcar (2€, y “¡gana más de mil premios! Aprobados por el Ministerio del Beso”); y si no le compras la revista Pronto (1€). No sabrás que Belén Esteban se quiere casar con Miquel. El paraíso del hospital público se ha perdido fuera (cerca y lejos) y dentro. Queda el muñón.

Fuera, fuera cerca. Vistazo rápido por los alrededores del hospital. Como si te desesperaras en los campos kenianos de Dadaab y Kakuma, echas en falta el alimento crítico de tu época, la acción reivindicativa: no se ve, pero se intuye. Como un sabueso rastreas el ambiente.

  1. Debajo del rótulo “cámara conectada con central de alarma Prosegur”, una pegatina susurra: “¿Vas a dejar que te roben la salud? ¡Espabila!”.
  2. En los bancos de madera Don Benito otra pegatina: “¿Estamos dispuestos a quedarnos sin sanidad pública?”.
  3. Encima del cartel de “zona videovigilada” (“por su seguridad este centro hospitalario dispone de sistema de videovigilancia y otras medidas de seguridad”), una cuarta pegatina en catalán: “Retallar la sanitat mata”.
  4. Junto a la señal de taxis otro bicho anuncia: “Tienes derecho como paciente a que no te demoren: intervención quirúrgica; pruebas diagnósticas; visita ya programada; derivación a otro hospital y traslado a otro servicio. Estos derechos son para evitar un riesgo innecesario que afecte a la integridad física del paciente y agravar sus [ilegible]ias, de lo contrario serán responsables los servicios [ilegible] administrativos, desde el director médico hasta [ilegible] por daños y perjuicios [ilegible] falta de asistencia médica”.
  5. Cerca de la oficina del Banco Santander Hospital de Bellvitge (“Santander xarxa hospitalària”; “nuevo plan crédito familiar: por la habitación de princesa que quería Irene”), otro asunto: “Ante el continuo desmantelamiento de la sanidad pública y ante los continuos recortes, convocamos la ciudadanía a la concentración del sábado 15 de noviembre en la plaza del Ayuntamiento [de El Prat de Llobregat], a las 10.30 horas. Posterior marcha al Hospital Universitari de Bellvitge. Acto final con una chorizada”.
  6. En la caseta de la ONCE (“La il·lusió la compartim entre tots”) alguien escribió: “Por tu interés, por tu salud”.

 

Fuera, fuera lejos. A treinta y tantos metros de la entrada de Bellvitge se conservan secuelas de las marchas contra el desmantelamiento del sistema público de salud:

  1. En una farola: “¿Esperando cama en Urgencias? Reclama y sube fotos a Tweeter [sic] #rebelionbellvitge”.
  2. En la valla que delimita el acceso al centro hospitalario, junto a la señal de aparcamiento para minusválidos, en catalán: “Infarts de retallades”.
  3. En la parada de autobús hay publicidad de RDI (Reclamación de Indemnizaciones): “Si ha sufrido un accidente puede reclamar una indemnización”. Y de nuevo lo de “Infarts de retallades”.
  4. En la misma parada, publicidad de El Corte Inglés (“Tintoretto”). Y otra vez “Infarts de retallades”.
  5. Debajo del anuncio “No és permès fumar per llei…”, repite la pegatina de los “Infarts de retallades”.

 

La unidad de limpieza del Ajuntament de L’Hospitalet se ha esmerado. Fuera del Hospital Universitari de Bellvitge, cerca y lejos, apenas quedan restos visuales de estos gritos contra la privatización de la sanidad.

Dentro, en el vestíbulo, el suelo luce como un texto anónimo escrito a máquina. Sin tacha. Como las acuarelas de Ramón Abad. La no pegatina, solo la sombra de la pegatina, la huella de la pegatina, la silueta ósea de la pegatina evaporada. “¿Vas a dejar que te roben la salud?”, en las puertas de madera que dan paso a la “central de telèfons”, la “supervisió d’infermeria” y la “hospitalització a domicili”. También el espectro de la pegatina: “¿Vas a dejar que te roben la salud?”, detrás de la puerta del lavabo de caballeros (“Míriam, te amo. 22/X/2014”). El perfil de la pegatina “¿Vas a dejar que te roben la salud?” en la máquina expendedora de cafés Alliance Vending (cortado, 0,75€; “a relajarse y saborear el momento con la bebida láctea con café Starbucks frappuccino”). En la “sala petita” de la planta baja del Hospital Universitari de Bellvitge, junto al expositor de trípticos, cerca de la puerta de relaciones institucionales, protocolo e imagen corporativa (“derechos y deberes de la ciudadanía en relación con la salud y la atención sanitaria: derecho a acceder a los servicios sanitarios públicos”), el curso de preparación para la jubilación de los médicos. Las señoras de la limpieza de Clece, S.A. (“sumando esfuerzos en favor de la salud”), frotan los pomos de las puertas de la “assessoria jurídica” y los “recursos humans”, esos. Y demás pegatinas de “Por una sanidad pública y de calidad”.

Dentro arriba. En la planta 9 del Hospital Universitari de Bellvitge las señoras de la limpieza de Clece, S. A., tienen más dificultades de las previstas para borrar las pancartas críticas contra el Departament de Salut de la Generalitat de Catalunya, del que es conseller Boi Ruiz. Los papeles parecen colgados con esparadrapo, tiritas y cinta adhesiva:

  1. Junto al área de enfermedades neurológicas y del sistema nervioso (unidad 9-2) pincha un cartel: “Marcha cívica por la sanidad pública”.
  2. Junto a los ascensores de personal interno reza otro: “Cuando la sanidad sea privada y no puedas pagarla, ve al aeropuerto (excepto al aeropuerto de Castelló): te harán una radiografía y un examen de senos gratis. Y si mencionas a Al Qaeda conseguirás, además, una colonoscopia gratuita”. Con el Coyote de los dibujos animados.
  3. En las paredes de las escaleras otro: “Señores gerentes, repitan conmigo: ‘¡Vaya sueldazos!’”. Y el escaneado con las retribuciones anuales de los altos cargos y del personal laboral “d’alta direcció” (2013): director del centro Hospital Universitari Arnau de Vilanova, 67.113,22 euros; director del centro Hospital Universitari Josep Trueta, 67.113,22 euros; director del centro Hospital Universitari Vall d’Hebron, 85.532,07 euros; director del centro Hospital Verge de la Cinta, 67.113,22 euros; director del centro Hospital Viladecans, 67.113,22 euros, y director del centro Hospital Universitari de Bellvitge, 59.753,04 euros. En las escaleras, subiendo o bajando: “No lo has entendido, todo está podrido. […] Siempre nos han mentido. Tu miedo es su fuerza; tu debilidad, su seguridad”. Más de escaleras: “Cómplices, si derivan pacientes de la pública a la privada, sois tan culpables como de la destrucción de la sanidad universal”. “Suplente, si tocan a uno nos tocan a todos”. Firma la comisión antirrepresiva. “Grava la conversación, no vayas sola a una reunión sospechosa.” También hay lugar para el cartel del sindicato CGT: “Derivando pacientes a la privada […], aumento exagerado de los mandos intermedios, precariedad laboral, listas de espera y algo gravísimo: la derivación de intervenciones quirúrgicas hacia las clínicas privadas (Hospital Universitari Sagrat Cor). ¡Vaya chollo!”. Y “¡Basta ya! No a la precariedad laboral”.
  4. Al lado del extintor, lo siguiente: “Si los de abajo se mueven, los de arriba caen”.
  5. En un pasillo: “Los grandes cambios se logran con pequeñas acciones hechas por gente muy grande. Compañeros, os necesitamos”.
  6. Al lado del ascensor para familiares y pacientes: “Compañero, ayúdanos a que el miedo cambie de bando. Contigo, la victoria está asegurada”.
  7. En la microsalita de turno: “Charla-coloquio sobre la sanidad pública: estado actual y panorama general del sistema sanitario público: recortes, privatización y precariedad. Como usuarios, que se escuche nuestra voz: ‘¡La sanidad no se vende, se defiende!’”.
  8. En la puerta Fase 2: “Sin quirófanos ni UCI, protesta ante el conseller”. Con un bolígrafo, a Boi Ruiz le han pintado cuernos y rabo: será porque se las trae el diablo. En la misma puerta, otro: “Marcha cívica por la sanidad pública”.
  9. Al lado de una simpática papelera: “Apertura de la 7 planta. ¡Seguimos en la lucha!”.
  10. En la sala de espera se atreven con la carta de la Unió General de Treballadors: “Implantació de l’horari de set hores i quart […], perllongament horari”. El cartel de este mismo sindicato: “Reclama el temps que regales cada dia a l’empresa”.
  11. Al lado de los ascensores, finalmente, un chiste: “Aguanta, Carmelo, que si vas al baño te cierran la cama”.

 

Fuera y dentro (lejos y cerca), arriba y abajo, restos de la batalla de muchas batas blancas contra pocos (bien pagados) gerentes, asesores y brujos. Por las batas blancas.

 


Fotografía destacada:

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DETALLE: En junio del 2014, los profesionales de la sanidad del Hospital Universitari de Bellvitge se revelaron para impedir el cierre de camas. En la foto, la cama rota.

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